martes, 7 de febrero de 2012

Jubilar en Chile

Orrego, Claudio


Una vida de trabajo, de esfuerzo, de ponerle el hombro para que los hijos se eduquen y puedan acceder a la educación superior. Esa es la realidad de muchas familias chilenas de clase media que buscan mejores oportunidades y que confían en que los ahorros de toda una vida les permitan después de años de trabajo disfrutar de sus nietos.

Pero, ¿qué pasa si la cesantía llega anticipadamente antes de los 65 años para el hombre, y antes de los 60 para una mujer? ¿Es factible que en el Chile de hoy se contrate a una secretaria de 55 años que ha quedado cesante? ¿Tiene oportunidades un contador auditor de 60 años de ser contratado en una empresa?

Es aquí donde recién comienza el peregrinaje de cientos de jefes de hogar y de mujeres profesionales que no pueden jubilar. Es bueno tener en cuenta que el número de afiliados en el sistema de pensiones ascendió a 8.944.236 personas en el mes de noviembre del año 2011.

Esto significa un crecimiento de un 2,5% respecto del mismo mes del año anterior, cuando alcanzaba a 8.726.019 afiliados. Uno tendería a pensar que éste es un sistema sano y fuerte, pero detrás de los números hay una realidad preocupante para un grupo importante de chilenos y chilenas.

Partamos por lo que establece la norma: la ley N° 19.934 del año 2004 modificó parte del Decreto Ley N° 3.500 de 1980 y estableció que los afiliados que deseen pensionarse anticipadamente deberán obtener una pensión igual o superior al 70% del promedio de las remuneraciones de los últimos 10 años, y obtener una pensión igual o superior al 150% de la pensión mínima de vejez vigente.

Pongamos un ejemplo: si durante 10 años una mujer recibió un sueldo de $ 500.000, su promedio de renta para poder jubilar debiera ser mínimo $350.000. Al quedar cesante a los 55 años, igual se divide el promedio por 10 años, con lo cual difícilmente podría alcanzar el promedio requerido debido a que hay otros factores que considera la empresa para cursar dicha jubilación, como por ejemplo las expectativas de vida, que hoy llegan a los 90 años.

Cesante y sin la posibilidad de jubilar con 55 años, sin tener los recursos para seguir cotizando, necesariamente su pensión baja. Y surge la contradicción vital de un sistema que supuestamente vela por el bienestar de sus afiliados a futuro: una mujer joven para la AFP, pero demasiado mayor para la mayoría de las empresas.

En medio de todo esto uno se pregunta qué pasa con las utilidades de las AFP, sociedades anónimas que ganan con las comisiones que cobran a sus afiliados mensualmente (comisión fija y comisión porcentual).

Eso quiere decir que, a mayor cantidad de años cotizando, más ganancias se obtienen, pero el beneficio real de un supuesto incremento en la pensión para el afiliado no es tal, ya que cada 5 millones aproximadamente son 50 mil pesos más de pensión.

Si aumentamos la edad de jubilación para las mujeres de 60 años a 63, la pregunta es ¿cuánto dinero real alcanza a juntar en tres años?

Nadie podría oponerse a que los fondos arrojen números positivos para todos, pero debe haber un respaldo real a esa clase media que queda muchas veces a la deriva y presa del sistema, un sistema que no está hecho en base a las necesidades de muchos chilenos y es aquí donde se entiende el grito de indignación, la rabia de muchos, la apatía de otros tantos y el descontento con un país que crece pero no para todos.

-« ¡Ay de vosotros también, maestros de la Ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros no las tocáis ni con un dedo! »